Ríete Con El Diario

19.6.06

Aquí entre nos
Por Andrea Hartung V

“La vida es el arte de dibujar, sin usar una goma de borrar”
John W. Gardner
Profesor

Nací días antes de la llegada de la estación de las flores, como primogénita de un joven matrimonio: mi mamá tenía veintiún años y mi papá veintisiete. Dicen que los padres esperan siempre a un hombre como primer hijo y esta situación se dio con perfección en el caso de mi familia. Al conocer mi sexo, mis padres sintieron que la responsabilidad que recaía sobre sus hombros era gigantesca: criar a una niña parece ser mucho más delicado que ocuparse del desarrollo de un hombre, ya que supuestamente, las niñas corremos más peligro.

Como fui la única hija hasta catorce años, un mes y trece días posteriores a mi nacimiento,- los tres hijos que me siguen son hombres- viví rodeada de rosado, vestidos, Barbies y princesas. No usé pantalones hasta cumplir los doce años, nunca aprendí a jugar fútbol ni mucho menos al básquetbol; se me advirtió sobre la maldad de los desconocidos y sobre la importancia de una dieta saludable.

No me percaté del machismo que rondaba a mi familia hasta que descubrí que en las otras casas no se vivía la misma situación. Comencé a reclamar y me rebelé contra el sistema: me compré camisas azules, rehusé a poner la mesa todos los días cuando mis hermanos estaban desocupados. En fin, me dediqué a formar mi propia identidad, paralelo a todo lo que me habían enseñado.

Marcadores en mi vida han sido los constantes viajes y la inestabilidad reinante. Partiendo el año noventa y dos, cuando viajamos por seis meses a Inglaterra mientras mi papá hacía un curso de marinos. Cuando volví a Chile, me quedé en Viña del Mar hasta el año 1998, pero al año siguiente, en febrero, volé con destino Punta Arenas. En aquella ciudad austral residí solamente un año, ya que luego mi papá se fue transbordado a la isla Dawson… la misma de los presos políticos, sí.

En Dawson la vida no fue fácil para nadie, a causa del constante e insoportable frío y la soledad. A mi mamá le dio depresión y aunque nadie me haga caso, yo creo que también a mí, quizás en menor grado. Me acostaba después del colegio y miraba al techo por horas, durante la cena no me daba hambre. En la noche me despertaba a comer chocolates y galletas, luego me sentía mal por haberlo hecho. Estaba presa en una isla inmensa, sola en compañía de mi oveja, la Dorotea.
Andrea: la tortuga del flow Pero el tiempo en la isla, por largo que pareciera, duró poco y un año y tres meses después de llegar, nos estábamos subiendo a un avión que nos llevaría al cambio más radical de nuestras vidas, y como no, siendo que de vacas y ovejas, pasamos a escaleras mecánicas y rascacielos: partimos a Estados Unidos por dos años. Fue allí que nació mi hermana, Florencia.

Luego de Estados Unidos, estuvimos cinco meses en Viña del Mar y partimos nuevamente hacia la deriva. Nuestra siguiente parada sería Talcahuano, en la octava región. Allí estuve en dos colegios distintos: el primero, el Itahue, que es un colegio seguidor de la doctrina Opus Dei, con la que no me llevé muy bien -Opus Night, como dice mi papá. No soporté, ni jamás olvidaré aquella sensación de debilidad ante el futuro. Nunca me habían dicho, luego de una mala nota: no importa, si total, eres mujer. Era como si nada más esperaran que me casara con un rico senador UDI y pariera veinticinco hijos. Y eso me chocó lo suficiente como para que a los cuatro meses decidiera cambiarme al Arturo Prat Chacón, que si bien no era “high class” como el anterior, me ayudó a descubrir a la verdadera Andrea Hartung Valdivia, esa que es fuerte y valiente, que no teme hablar con los demás, que cree servir de algo.

Quizás me excedía en esto de mi verdadera “yo”, ya que me volví extremadamente extrovertida, apareciendo en cada show que hubiese, actos, etc. Para la semana del colegio, el año pasado, fui la mascota de la alianza, por lo que pasé una semana pintada verde, con un caparazón colgando. Y me encantaba. Quizás sea eso de llamar la atención que heredé de mi padre, o la sociabilidad que saqué de mi mamá, pero me gustaba esta Andrea, siempre dispuesta y alegre. Me atrevo a decir que me sentía feliz y querida.

Mi nombre entero es Andrea María Magdalena. Mis padres, se han ganado el premio de arruinar la vida de sus hijos, a través de los nombres que les han puesto. Y siendo cinco sus crías, han tenido harto en qué entretenerse. Mis pobres hermanos Kurt Herbert, Thomas Hans, Matías Germán y Florencia Mónica. Aunque el más terrible es el mío, que ni siquiera rima. Primero que todo, Andrea significa “hombre muy viril”. Eso lo descubría haciendo un trabajo sobre mis raíces, que más tarde tendría que exponer. María, es porque nací el día del Santo Nombre de María- a Dios gracias que no nací en el día de san Ludovico; Magdalena por mi bisabuela.

Sobre mi nombre me han molestado toda la vida. Cuando pequeña, me decían Andrea Hartung-Network, por el canal de televisión. A media que crecía, los nombres cambiaron: Hartunga, hardocore, prostituta bíblica, redimida bíblica, hombre viril, etc. Ahora con el Código de Vinci de Brown, soy la santa femenina: vamos subiendo el estatus.

Y eso soy yo, nada más que eso. Para qué voy a decir que me gustan las largas caminatas en la playa o las conversaciones en las fogatas si sé que no es cierto. Lo que sí es cierto es que crecí amando a los grupos Pop, tuve mi época Punk, mi época Hip Hop y mi época “vintage” y que de ninguna me arrepiento. Confieso haber sido mala amiga, mala hija, mala hermana, mala nieta, mala todo; mas también es cierto que he sabido reivindicarme con el tiempo, a medida que voy creciendo como mujer, madurando, viéndome como un miembro activo, como la protagonista de la historia de mi vida, en vez de cómo un simple expectante.

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